pues es posible que lo que veo no sea en verdad cera, y que ni siquiera posea ojos con los cuales ver cosa alguna; pero no puede ser que, cuando veo, o, lo que viene a ser lo mismo, cuando pienso que veo, yo mismo, que pienso, no sea nada. Asimismo, si juzgo que la cera existe porque la tacho, se seguirá también que soy; y si determino que mi imaginación, o cualquier otra causa, sea la que fuere, me persuade de la existencia de la cera, sacaré todavía la misma conclusión. Y lo que aquí se observa respecto de la pieza de cera, es aplicable a todas las demás cosas que me son externas.
Y aún más, si la [noción o] percepción de la cera me pareció más precisa y distinta después de que no solo la vista y el tacto, sino muchas otras causas además, la hicieron manifiesta a mi aprehensión, ¡con cuánta mayor nitidez debo conocerme ahora, ya que todas las razones que contribuyen al conocimiento de la naturaleza de la cera, o de cualquier otro cuerpo, manifiestan aún mejor la naturaleza de mi mente!
Y hay además tantas otras cosas en la mente misma que contribuyen a la ilustración de su naturaleza, que aquellas dependientes del cuerpo, a las que aquí me he referido, apenas merecen ser tenidas en cuenta.
Pero, en conclusión, advierto que sin darme cuenta he vuelto al punto que deseaba; pues, puesto que ahora me resulta manifiesto que los cuerpos mismos no son propiamente percibidos por los sentidos ni por la facultad de la imaginación, sino solo por el intelecto; y puesto que no son percibidos por ser vistos y tocados, sino únicamente por ser comprendidos [o rectamente abarcados por el pensamiento], descubro fácilmente que no hay nada más fácil ni más claramente cognoscible que mi propia mente. Pero debido a que es difícil desprenderse tan pronto de una opinión a la que uno se