que me había prescrito.
Este método, desde el tiempo en que comencé a aplicarlo, había sido para mí la fuente de una satisfacción tan intensa que me llevaba a creer que no podía disfrutarse otra más perfecta ni más inocente en esta vida; y como por su medio descubría diariamente verdades que me parecían de cierta importancia, y de las cuales los demás hombres solían ser ignorantes, la gratificación que de ello nacía ocupaba de tal modo mi espíritu que me era enteramente indiferente cualquier otro objeto.
Además, las tres máximas precedentes se fundamentaban únicamente en el propósito de continuar la obra de la autoeducación. Pues, dado que Dios ha dotado a cada uno de nosotros con cierta luz de razón para distinguir la verdad del error, no habría podido creer que debiera conformarme ni por un solo momento con las opiniones ajenas, a menos que me hubiera propuesto emplear mi propio juicio en examinarlas siempre que estuviera debidamente capacitado para la tarea. Tampoco habría podido