en él, lo cual, sin embargo, es manifiestamente falso.
Esta objeción es, digo, incompetente; pues aunque puede no ser necesario que en ningún momento abrigue la noción de la Divinidad, sin embargo, cada vez que me sucede pensar en un ser primero y soberano, y extraer, por decirlo así, su idea del tesoro de la mente, me veo en la necesidad de atribuirle toda clase de perfecciones, aunque tal vez no las enumere entonces todas, ni piense en cada una de ellas en particular.
Y esta necesidad basta, tan pronto como descubro que la existencia es una perfección, para hacerme inferir la existencia de este ser primero y soberano; del mismo modo que no es necesario que imagine jamás triángulo alguno, pero siempre que deseo considerar una figura rectilínea compuesta de solo tres ángulos, es absolutamente necesario atribuirle aquellas propiedades de las cuales se infiere correctamente que sus tres ángulos no son mayores que dos ángulos rectos, aunque quizás entonces no repare en esta relación en particular.
Pero cuando considero qué figuras pueden inscribirse en el círculo, no es en absoluto necesario sostener que todas las figuras cuadriláteras sean de este número; por el contrario, ni siquiera puedo imaginar que sea así, mientras no esté dispuesto a aceptar en el pensamiento nada que no conciba clara y distintamente; y en consecuencia hay una vasta diferencia entre las suposiciones falsas, como es la que está en cuestión, y las verdaderas ideas que nacieron conmigo, la primera y principal de las cuales es la idea de Dios.
Pues en verdad advierto por muchos motivos que esta idea no es fingida ni dependiente del solo pensamiento, sino que es la representación de una naturaleza verdadera e inmutable: en primer lugar, porque no puedo concebir ningún otro ser, fuera de Dios, a cuya esencia pertenezca la existencia [necesariamente]; en segundo lugar, porque es imposible concebir dos o más dioses de esta clase; y, supuesto que existe un