En la Cuarta [parte], se muestra que todo lo que percibimos (aprehendemos) clara y distintamente es verdadero; y, al mismo tiempo, se explica en qué consiste la naturaleza del error, puntos que es menester conocer tanto para confirmar las verdades precedentes como para comprender mejor las que han de seguir.
Pero, entretanto, debe advertirse que no trato en absoluto allí del Pecado, es decir, del error cometido en la búsqueda del bien y del mal, sino únicamente de aquel género que surge en la determinación de lo verdadero y lo falso.
Tampoco me refiero a las cuestiones de fe, ni a la conducta de la vida, sino solo a lo que concierne a las verdades especulativas, y a aquellas que son conocidas mediante la sola luz natural.
En la Quinta, además de la explicación de la naturaleza corpórea, tomada genéricamente, se ofrece una nueva demostración de la existencia de Dios, quizás no libre, al igual que la anterior, de ciertas dificultades, pero la solución de estas se hallará en las Respuestas a las Objeciones. Muestro además en qué sentido es verdad que la certeza de las propias demostraciones geométricas depende del conocimiento de Dios.
Finalmente, en la Sexta, se distingue el acto del entendimiento (intellectio) del de la imaginación (imaginatio); se describen las señales de esta distinción; se muestra que la mente humana es realmente distinta del cuerpo y, sin embargo, está tan estrechamente conjunta con él que juntos forman, por decirlo así, una unidad. Se pasa revista a todos los errores que provienen de los sentidos, al tiempo que se señalan los medios para evitarlos; y, por último, se aducen todos los fundamentos a partir de los cuales se puede inferir la existencia de los objetos materiales; no, empero, por considerarlos de gran utilidad para establecer lo que prueban, a saber, que hay en realidad