Porque la verdad misma conducirá fácilmente al resto de los ingeniosos y de los sabios a suscribir vuestro juicio; y vuestra autoridad hará que los ateos, que en general son charlatanes más que ingeniosos o sabios, depongan el espíritu de contradicción, y los llevará, tal vez, a combatir por sí mismos en favor de razonamientos que ven considerados como demostraciones por todos los hombres de genio, por miedo a parecer que no los entienden; y, en fin, el resto de los hombres confiará fácilmente en tantos testimonios, y ya no habrá nadie que se atreva a dudar ni de la existencia de Dios ni de la distinción real entre el alma y el cuerpo.
A vos os toca, en vuestra singular sabiduría, juzgar la importancia del establecimiento de tales creencias, [que conocéis los desórdenes que la duda de estas verdades produce]. Pero no me compete aquí encomendar con mayor extensión la causa de Dios y de la religión a vos, que siempre habéis demostrado ser el más firme apoyo de la Iglesia católica.