poco caso de aquel honor que solo esperaba adquirir mediante títulos ficticios. Y, por último, en cuanto a las falsas ciencias, creí conocer lo suficiente su valor como para no dejarme engañar ni por las promesas de un alquimista, ni por las predicciones de un astrólogo, ni por las imposturas de un mago, ni por las artimañas y la jactancia de ninguno de aquellos que pretenden saber lo que ignoran.
Por estas razones, tan pronto como mi edad me permitió salir de la tutela de mis preceptores, abandoné por completo el estudio de las letras y resolví no buscar en adelante otra ciencia que la del conocimiento de mí mismo o la del gran libro del mundo. Empleé el resto de mi juventud en viajar, en visitar cortes y ejércitos, en tratar con gentes de diversos temperamentos y condiciones, en recoger diversas experiencias, en ponerme a prueba en los diferentes trances en que la fortuna me deparaba, y, sobre todo, en hacer tales reflexiones sobre las