hube observado hasta dónde pueden conducirnos y cuánto difieren de los principios de que hasta el presente se ha servido, creí que no podía mantenerlas ocultas sin pecar gravemente contra la ley por la que estamos obligados a procurar, en la medida de nuestras fuerzas, el bien general de todos los hombres. Pues mediante ellas advertí que es posible llegar a conocimientos muy útiles para la vida, y que en lugar de la filosofía especulativa que se enseña en las escuelas, se puede descubrir otra práctica por medio de la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego, del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean, tan distintamente como conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, podríamos emplearlos del mismo modo en todos los usos a los que son aptos, y hacernos así dueños y poseedores de la naturaleza.
Y este es un resultado que ha de desearse, no solo para la invención de una infinidad de artes por las cuales podríamos ser capaces de disfrutar sin ningún problema de los frutos de la tierra y de todas sus comodidades, sino también y especialmente para la conservación de la salud, que es sin duda, de todas las bendiciones de esta vida, la primera y fundamental; pues la mente depende tan íntimamente de la condición y relación de los órganos del cuerpo, que si alguna vez puede encontrarse algún medio para hacer a los hombres más sabios e ingeniosos de lo que han sido hasta ahora, creo que es en la medicina donde debe buscarse. Es verdad que la ciencia de la medicina, tal como existe ahora, contiene pocas cosas cuya utilidad sea muy notable; mas sin ningún deseo de despreciarla, confío en que no hay nadie, ni siquiera entre aquellos cuya profesión es la medicina, que no admita que todo lo que se conoce actualmente en ella es casi nada en comparación con lo que queda por descubrir; y