deben más bien contentarse con las opiniones de estos antes que fiar de una razón propia en busca de algo
Por mi parte, sin duda habría pertenecido a la segunda clase de haber recibido instrucción de un solo maestro, o de no haber conocido la diversidad de opiniones que desde tiempos inmemoriales han prevalecido entre los hombres de mayor sabiduría.
Pero ya desde mis años de estudiante había llegado a darme cuenta de que no puede imaginarse ninguna opinión, por absurda e increíble que sea, que no haya sido defendida por alguno de los filósofos; y luego, en el curso de mis viajes, observé que todos aquellos cuyas opiniones son muy contrarias a las nuestras no por ello son bárbaros y salvajes, sino que, por el contrario, muchas de estas naciones hacen un uso de su razón igual o mejor que el nuestro.
Tuve en cuenta también el carácter tan diferente que exhibe una persona criada desde la infancia en Francia o en Alemania, del que,