los objetos materiales.
Pero antes de considerar si existen fuera de mí los objetos que concibo, debo examinar sus ideas en la medida en que se encuentran en mi conciencia, y descubrir cuáles de ellas son distintas y cuáles confusas.
En primer lugar, imagino claramente aquella cantidad que los filósofos comúnmente llaman continua, o la extensión en longitud, anchura y profundidad que se halla en esta cantidad, o más bien en el objeto al que se atribuye.
Además, puedo enumerar en ella muchas y diversas partes, y atribuir a cada una de estas toda clase de tamaños, figuras, situaciones y movimientos locales; y, en fin, puedo asignar a cada uno de estos movimientos todos los grados de duración.
Y no solo conozco estas cosas de manera distinta cuando las considero así en general; sino que además, prestando un poco de atención, descubro innumerables detalles acerca de las figuras, los números, el movimiento y cosas semejantes, los cuales son tan evidentemente verdaderos y tan acordes con mi naturaleza, que, al descubrirlos ahora, no parece tanto que aprenda algo nuevo como que recuerde lo que ya sabía antes, o que note por primera vez lo que ya estaba en mi mente, pero a lo cual hasta entonces no había dirigido mi atención.
Y lo que aquí encuentro de mayor importancia es que descubro en mi mente innumerables ideas de ciertos objetos, los cuales no pueden ser considerados puras negaciones, aunque tal vez no posean ninguna realidad fuera de mi pensamiento, y que no son creados por mí —si bien está en mi poder pensar en ellos o no—, sino que poseen naturalezas verdaderas e inmutables propias. Como, por ejemplo, cuando imagino un triángulo, aunque tal vez no exista ni haya existido jamás en ningún lugar del universo, al margen de mi pensamiento, una figura semejante, no deja de ser verdad, sin embargo, que esta figura posee una cierta naturaleza, forma o esencia determinada, la cual