a la lectura de libros únicamente o a tratar con hombres de letras.
Pasaron, sin embargo, estos nueve años antes de que llegara a formarme un juicio determinado sobre las dificultades que constituyen la materia de disputa entre los eruditos, o de que comenzara a buscar los principios de una filosofía más cierta que la vulgar.
Y los ejemplos de muchos hombres de elevadísimo genio que, en tiempos pasados, se habían embarcado en esta investigación, aunque, según me parecía, sin éxito, me llevaron a imaginar que era una obra de tanta dificultad que quizá no me habría aventurado en ella tan pronto si no hubiera oído correr el rumor de que ya la había completado.
No sé cuáles fueran los fundamentos de esta opinión; y si mi conversación contribuyó en alguna medida a su origen, esto debió de suceder más bien por haber confesado mi ignorancia con mayor libertad de lo que suelen hacerlo quienes han estudiado un poco, y por haber expuesto, tal vez,