yo conocía con tanta distinción en el trozo de cera? Ciertamente, no podía ser nada de todo lo que observé por medio de los sentidos, ya que todas las cosas que caían bajo el gusto, el olfato, la vista, el tacto y el oído han cambiado, y sin embargo la misma cera permanece.
Era quizás lo que ahora pienso, a saber, que esta cera no era ni la dulzura de la miel, ni el agradable olor de las flores, ni la blancura, ni la figura, ni el sonido, sino solamente un cuerpo que un poco antes se me mostraba patente bajo estas formas y que ahora se percibe bajo otras.
Pero, para hablar con precisión, ¿qué es lo que imagino cuando lo pienso de este modo?
Que se considere atentamente y, apartando todo lo que no pertenece a la cera, veamos qué queda. Ciertamente no queda nada, salvo algo extenso, flexible y movible.
¿Pero qué se entiende por flexible y mudable? ¿No es acaso que imagino que este trozo de cera, siendo redondo, es capaz de volverse cuadrado, o de pasar de una figura cuadrada a una triangular?
Ciertamente tal no es el caso, porque concibo que admite una infinidad de cambios similares; y además soy incapaz de abarcar esta infinidad con la imaginación, y por consiguiente esta concepción que tengo de la cera no es producto de la facultad de la imaginación.
Mas ¿qué es ahora esta extensión? ¿No es también desconocida? pues se hace mayor cuando la cera se derrite, mayor cuando se hierve, y mayor todavía cuando el calor aumenta; y yo no concebiría [clara y] según la verdad lo que es la cera, si no supusiera que la pieza que estamos considerando admite incluso una mayor variedad de extensión de la que jamás imaginé. Debo, por tanto, admitir que ni siquiera puedo comprender por la imaginación qué es la pieza de cera, y que es solo la mente (mens, lat.,