ver si después de esto no quedaba algo en mi creencia que fuera enteramente indudable.
Por tanto, dado que nuestros sentidos a veces nos engañan, quise suponer que no existía nada que fuera tal como ellos nos lo presentan; y puesto que algunos hombres se equivocan al razonar y cometen paralogismos, incluso en los asuntos más simples de la geometría, convencido de que estaba tan expuesto al error como cualquier otro, rechacé como falsos todos los razonamientos que hasta entonces había tomado por demostraciones; y, por último, considerando que los mismos pensamientos (representaciones) que experimentamos estando despiertos también pueden sufrirse cuando dormimos, sin que ninguno de ellos sea entonces verdadero, deduje que todos los objetos (representaciones) que alguna vez habían entrado en mi mente estando despierto no tenían más verdad que las ilusiones de mis sueños.
Pero inmediatamente después noté que, aun cuando quería pensar que todo era falso, era de todo necesidad que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y advirtiendo que esta verdad: pienso, luego soy, era tan firme y segura que todas las más extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo como el primer principio de la filosofía que buscaba.
En primer lugar, examiné atentamente lo que era y, observando que podía suponer que no tenía cuerpo y que no había mundo ni lugar alguno en el que me encontrase, pero que por ello no podía suponer que yo no era; y que, por el contrario, a partir del mismo hecho de que pensaba dudar de la verdad de las otras cosas, se seguía con la mayor claridad y certeza que yo era; mientras que, por otra parte, si tan solo hubiera dejado de pensar, aunque todos los demás objetos que jamás había imaginado hubiesen sido en realidad verdaderos, no habría tenido razón alguna para creer que existía; deduje de ello que yo era una sustancia cuya esencia o naturaleza toda consiste solo en pensar, y que, para