tantos cometas retrógrados como directos, y que la inclinación media de todas sus órbitas respecto a la eclíptica se aproxima mucho a medio ángulo recto, como debe ser si los cuerpos hubiesen sido lanzados al azar.
Sea cual fuere la naturaleza de la causa en cuestión, puesto que ha producido o dirigido el movimiento de los planetas, es necesario que haya abarcado todos los cuerpos y considerado todas las distancia que los separan; solo pudo haber sido un fluido de una extensión inmensa.
Por consiguiente, para haberles impreso en el mismo sentido un movimiento casi circular alrededor del sol, es necesario que este fluido haya rodeado a esta estrella a modo de atmósfera.
La consideración de los movimientos planetarios nos conduce entonces a pensar que, en virtud de un calor excesivo, la atmósfera del sol se extendió originalmente más allá de las órbitas de todos los planetas, y que se ha contraído gradualmente hasta sus límites actuales.
En el estado primitivo en el que nos imaginamos el sol, se parecía a las nebulosas que el telescopio nos muestra compuestas de un núcleo más o menos brillante rodeado por una nebulosa que, condensándose en la superficie, debía transformarlo algún día en estrella.
Si uno concibe por analogía todas las estrellas formadas de este modo, puede imaginar su estado anterior de nebulosidad precedido a su vez por otras estrellas en las que la materia nebulosa era cada vez más difusa, siendo el núcleo cada vez menos luminoso y denso.
Remontándose, pues, lo más lejos posible, se llegaría a una nebulosidad tan difusa que apenas se podría sospechar su existencia.
Tal es en efecto el primer estado de las nebulosas que Herschel observó con particular cuidado mediante sus potentes telescopios, y en el cual ha seguido el progreso de la condensación, no en una sola, pues estas etapas no llegan a ser apreciables para nosotros sino al cabo de siglos, sino en su totalidad, más o menos como se puede en un vasto bosque seguir el crecimiento de los árboles a través de los individuos de diversas edades que el bosque contiene.
Ha observado desde el principio materia nebulosa extendida en diversas masas en las distintas partes de los cielos, de los cuales ocupa una gran extensión. Ha visto en algunas de estas masas esta materia ligeramente condensada alrededor de una o varias nebulosas débilmente luminosas.
En las demás nebulosas estos núcleos brillan, por lo demás, en proporción a la nebulosidad que los rodea.
Al separarse las atmósferas de cada núcleo por una condensación ulterior, resultan las nebulosas múltiples formadas de núcleos brillantes muy contiguos y rodeados cada uno por una atmósfera; a veces la materia nebulosa, al condensarse de un modo uniforme, ha producido las nebulosas que se llaman planetarias.
Finalmente, un mayor grado de condensación transforma todas estas nebulosas en estrellas. Las nebulosas clasificadas según este punto de vista filosófico indican con extrema probabilidad su futura transformación en estrellas y el estado anterior de nebulosidad de las estrellas existentes. Las siguientes consideraciones vienen en auxilio de las pruebas extraídas de estas analogías.