# CAPÍTULO XVI. DE LAS ILUSIONES EN LA ESTIMACIÓN DE LAS PROBABILIDADES.
La mente tiene sus ilusiones como el sentido de la vista; y del mismo modo que el tacto corrige a este último, la reflexión y el cálculo corrigen a la primera.
La probabilidad basada en una experiencia cotidiana, o exagerada por el temor y por la esperanza, nos impresiona más que una probabilidad superior, pero no es sino el simple resultado de un cálculo.
Así, no tememos exponemos, a cambio de pequeñas ventajas, a peligros mucho menos improbables que el acierto de un quinto en la lotería de Francia; y, sin embargo, nadie querría procurarse esas mismas ventajas con la certeza de perder la vida si saliera dicho quinto.
Nuestras pasiones, nuestros prejuicios y nuestras opiniones dominantes, al exagerar las probabilidades que les son favorables y al atenuar las probabilidades contrarias, son las fuentes abundantes de peligrosas ilusiones.
Los males presentes y la causa que los produjo nos afectan mucho más que el recuerdo de los males producidos por la causa contraria; nos impiden apreciar con justicia los inconvenientes de unos y de otros, y la probabilidad de los medios adecuados para guardarnos de ellos. Es esto lo que conduce alternativamente al despotismo y a la anarquía a los pueblos que son expulsados del estado de reposo al que jamás retornan sino después de largas y crueles agitaciones.
Esta vívida impresión que recibimos de la presencia de los acontecimientos, y que apenas nos permite notar los acontecimientos contrarios observados por otros, es una causa principal de error contra la cual uno no puede guardarse lo suficiente.
Es principalmente en los juegos de azar donde una multitud de ilusiones alimentan la esperanza y la sostienen frente a las probabilidades desfavorables. La mayoría de los que juegan a las loterías no saben cuántas oportunidades les son favorables y cuántas les son contrarias. Solo ven la posibilidad de ganar una suma considerable con una pequeña apuesta, y los proyectos que engendra su imaginación exageran ante sus ojos la probabilidad de obtenerla; el pobre, especialmente, excitado por el deseo de un destino mejor, arriesga en el juego lo necesario para su subsistencia aferrándose a las combinaciones más desfavorables que le prometen un gran beneficio. Todos se sorprenderían sin duda por el inmenso número de apuestas perdidas si pudieran conocerlas; pero, por el contrario, uno se encarga de dar una gran publicidad a las ganancias, lo cual se convierte en una nueva causa de emoción para este funesto juego.
Cuando un número de la lotería de Francia no ha salido sorteado durante mucho tiempo, la multitud se apresura a cubrirlo con apuestas. Juzgan que, dado que el número no ha salido en mucho tiempo, en el próximo sorteo debería salir con preferencia a los demás.