El deseo de penetrar en el futuro y en las razones de algunos acontecimientos notables, las predicciones de los astrólogos, de los adivinos y agoreros, los presentimientos y los sueños, los números y los días reputados afortunados o desafortunados, han dado origen a una multitud de prejuicios todavía muy extendidos. Uno no reflexiona sobre el gran número de no coincidencias que no han causado impresión o que son desconocidas. Sin embargo, es necesario estar familiarizado con ellas para apreciar la probabilidad de las causas a las que se atribuyen las coincidencias. Este conocimiento confirmaría sin duda lo que la razón nos dice respecto a estos prejuicios.
Así aquel filósofo de la antigüedad a quien se muestran en un templo, para exaltar el poder del dios que allí se adora, los exvoto de todos aquellos que tras haberlo invocado se salvaron del naufragio, presenta un incidente consonante con el cálculo de probabilidades, al observar que no ve inscritos los nombres de aquellos que, a pesar de dicha invocación, perecieron.
Cicerón ha refutado todos estos prejuicios con mucha razón y elocuencia en su Tratado sobre la adivinación, que termina con un pasaje que voy a citar; pues a uno le encanta encontrar de nuevo entre los antiguos los rayos de la razón, que, tras haber disipado todos los prejuicios con su luz, se convertirán en el único fundamento de las instituciones humanas.
«Es necesario», dice el orador romano, «rechazar la adivinación por los sueños y todos los prejuicios similares. La superstición generalizada ha sojuzgado a la mayoría de las mentes y se ha apoderado de la debilidad de los hombres. Esto es lo que hemos expuesto en nuestros libros sobre la naturaleza de los dioses y especialmente en esta obra, persuadidos de que prestaremos un servicio a los demás y a nosotros mismos si logramos destruir la superstición».
Sin embargo (y deseo especialmente que en este punto mi pensamiento sea bien comprendido), al destruir la superstición estoy muy lejos de querer turbar la religión.
La sabiduría nos ordena mantener las instituciones y las ceremonias de nuestros antepasados en lo que atañe al culto de los dioses. Además, la belleza del universo y el orden de las cosas celestiales nos obligan a reconocer alguna naturaleza superior que debe ser observada y admirada por el género humano.
Pero en la medida en que es adecuado propagar la religión, la cual está unida al conocimiento de la naturaleza, en esa misma medida es necesario trabajar para la extirpación de la superstición, pues esta atormenta, importuna y persigue a uno continuamente y en todas partes.
Si uno consulta a un adivino o a un arúspice, si uno inmola una víctima, si contempla el vuelo de un ave, si se encuentra con un caldeo o un arúspice, si relampaguea, si truena, si cae el rayo, en fin, si nace o se manifiesta algún tipo de prodigio, cosas de las quales una de las cuales suele suceder a menudo, entonces la superstición domina y no deja ningún reposo. El sueño mismo, este refugio de los mortales en sus penas y sus fatigas, se convierte por ella en una nueva fuente de inquietud y temor."
Todos estos prejuicios y los terrores que inspiran están relacionados con causas fisiológicas que continúan a veces obrando con fuerza después de que la razón nos ha desengañado de ellos. Pero la repetición de actos contrarios a estos prejuicios puede destruirlos siempre.