Hay cosas tan extraordinarias que nada puede equiparar su improbabilidad. Pero esto, por efecto de una opinión dominante, puede debilitarse hasta el punto de parecer inferior a la probabilidad de los testimonios; y cuando esta opinión cambia, una afirmación absurda admitida unánimemente en el siglo que le ha dado vida ofrece a los siglos siguientes tan solo una nueva prueba de la extrema influencia de la opinión general sobre los espíritus más esclarecidos.
Dos grandes hombres del siglo de Luis XIV —Racine y Pascal— son ejemplos notables de ello.
Es doloroso ver con cuánta complacencia Racine, ese admirable pintor del corazón humano y el poeta más perfecto que jamás haya existido, relata como milagrosa la curación de la señorita Perrier, sobrina de Pascal y alumna externa en el monasterio de Port-Royal; es doloroso leer las razones mediante las cuales Pascal intenta demostrar que este milagro debía ser necesario para la religión con el fin de justificar la doctrina de los monjes de esta abadía, perseguidos entonces por los jesuitas.
La joven Perrier padecía desde hacía tres años y medio de una fístula lacrimal; se tocó el ojo afectado con una reliquia que se aseguraba era una de las espinas de la corona del Salvador y tuvo fe en una curación instantánea.
Unos días más tarde, los médicos y los cirujanos atestiguan la curación y declaran que la naturaleza y los remedios no han tenido parte en ella. Este acontecimiento, que tuvo lugar en 1656, causó gran sensación, y «todo París acudió a Port-Royal —dice Racine—. La multitud crecía de día en día, y Dios mismo parecía complacerse en autorizar la devoción del pueblo por el número de milagros que se obrarán en esta iglesia».
Por entonces los milagros y la hechicería aún no parecían improbables, y uno no dudaba en absoluto en atribuirles las singularidades de la naturaleza que no podían explicarse de otro modo.
Esta manera de considerar los resultados extraordinarios se encuentra en las obras más notables del siglo de Luis XIV; incluso en el Ensayo sobre el entendimiento humano del filósofo Locke, quien dice, al hablar del grado de asentimiento:
«Aunque la experiencia común y el curso ordinario de las cosas ejercen justamente una influencia poderosa en la mente de los hombres para hacerles dar o negar crédito a cualquier cosa propuesta a su creencia; sin embargo, hay un caso en el que lo extraño del hecho no disminuye el asentimiento a un testimonio imparcial del mismo. Pues cuando tales acontecimientos sobrenaturales son adecuados a los fines perseguidos por aquel que tiene el poder de cambiar el curso de la naturaleza, allí, bajo tales circunstancias, pueden ser más aptos para procurar la creencia cuanto más están más allá o son contrarios a la observación ordinaria».
Habiendo sido malentendidos los verdaderos principios de la probabilidad de los testimonios por filósofos a quienes la razón debe principalmente su progreso, he creído necesario presentar en toda su extensión los resultados del cálculo sobre este importante asunto.
Surge de manera natural en este punto la discusión de un famoso argumento de Pascal, que Craig, un matemático inglés, ha expuesto bajo una forma geométrica. Testigos declaran que tienen de la Divinidad que al conformarse a cierta cosa se disfrutará no de una ni de dos, sino de una infinidad de vidas felices. Por muy débil que sea la probabilidad de las pruebas, siempre que