La probabilidad de que los animales que se nos asemejan tengan sensaciones análogas a las nuestras, aunque un poco inferior a la que es relativa a los individuos de nuestra especie, es todavía sumamente grande; y ha sido menester toda la influencia de los prejuicios religiosos para hacernos pensar con algunos filósofos que los animales no son más que autómatas. La probabilidad de la existencia del sentimiento decrece en la misma proporción en que disminuye la semejanza de los órganos con los nuestros, mas siempre es muy grande, incluso en los insectos. Al ver a los de una misma especie ejecutar cosas muy complicadas exactamente de la misma manera de generación en generación, y sin haberlas aprendido, se es conducido a creer que obran por una especie de afinidad análoga a la que reúne las moléculas de los cristales, pero que, unida a la sensación aneja a toda organización animal, produce, con la regularidad de las combinaciones químicas, combinaciones mucho más singulares; se podría, tal vez, bautizar esta mezcla de afinidades electivas y sensaciones
afinidad animal. Aunque existe una gran analogía entre la organización de las plantas y la de los animales, no me parece suficiente para hacer extensiva a los vegetales la sensación del tacto; pero nada nos autoriza a negársela.
Como el sol hace surgir, por la acción benéfica de su luz y de su calor, los animales y las plantas que cubren la tierra, juzgamos por analogía que produce efectos similares sobre los demás planetas; pues no es natural pensar que la causa cuya actividad vemos desarrollada de tantas maneras deba ser estéril en un planeta tan grande como Júpiter, el cual, al igual que el globo terrestre, tiene sus días, sus noches y sus años, y sobre el cual las observaciones indican cambios que suponen fuerzas muy activas.
Sin embargo, sería extender demasiado la analogía concluir a partir de ella la similitud de los habitantes de los planetas y de los de la tierra.
El hombre, hecho para la temperatura de la que disfruta y para el elemento que respira, no podría, según toda apariencia, vivir en los otros planetas. ¿Pero no debería haber una infinidad de organizaciones relativas a las diversas constituciones de los globos de este universo?
Si la sola diferencia de los elementos y de los climas crea tanta variedad en las producciones terrestres, ¡cuánto mayor debe ser la diferencia entre las de los diversos planetas y las de sus satélites! La imaginación más activa no puede formarse ninguna idea de ello; pero su existencia es muy probable.
Nos guía una fuerte analogía a considerar las estrellas como otros tantos soles dotados, como el nuestro, de un poder atractivo proporcional a la masa y recíproco al cuadrado de las distancias; pues estando demostrado este poder para todos los cuerpos del sistema solar, y para sus moléculas más pequeñas, parece pertenecer a toda la materia.
Ya los movimientos de las pequeñas estrellas, que han sido llamadas dobles, debido a que son binarias, parecen indicarlo; un siglo a lo sumo de observaciones precisas, al verificar sus movimientos de revolución, las unas alrededor de las otras, pondrá fuera de duda sus atracciones recíprocas.
La analogía que nos lleva a hacer de cada estrella el centro de un sistema planetario es mucho menos fuerte que la precedente; pero adquiere probabilidad por la hipótesis que se ha propuesto respecto a la formación de las estrellas y del sol; pues en esta hipótesis, habiendo estado cada estrella, como el sol, primitivamente