rígida en el borde de su silla, aferrando su paraguas como una lanzadora de martillo. Me dirigió otra de esas miradas cuando entré. No cabía la menor duda; por alguna razón me había cogido manía. Supongo que porque yo no era George M. Cohan. Era un poco injusto para un tipo como yo.
—Esto es una sorpresa, ¿eh? —dije, tras unos cinco minutos de plácido silencio, intentando avivar la conversación de nuevo.
“¿Qué es una sorpresa?”
“Su venida aquí, ¿no sabe?, y todo eso”.
Alzó las cejas y me examinó un poco más a través de sus gafas.
“¿Por qué sorprende que visite a mi único sobrino?”, dijo ella.
Puesto así, por supuesto, parecía razonable.
—¡Oh, desde luego! —dije—. ¡Por supuesto! Claro