que hacer sacrificios. Estaba a punto de dar media vuelta para darle la feliz noticia, cuando subió el ascensor, así que pensé en dejarlo para cuando volviera a casa.
El individuo de color encargado del ascensor me miró, al saltar dentro, con bastante y silenciosa devoción y todo eso.
—Deseo agradecerle, señor —dijo—, su gentileza.
—¿Eh? ¿Qué?
—¡Misto’ Jeeves ya me dio’ los calcetines morados esos, tal como le dijo. ¡Muchísimas gracias, suh!
Miré hacia abajo. El jodido sujeto era un estallido de malva desde los tobillos para abajo. No recuerdo haber visto nada tan elegante en mi vida.
—¡Oh, ah! ¡De ningún modo! ¡Muy bien! ¡Me alegra que te gusten! —dije.
Bueno, quiero decir, ¿qué? ¡Absolutamente!