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nydus/Jeeves StoriesPublic
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The Great Sermon Handicap

par en par y entraron soplando Claude y Eustace. Una de las cosas que me desaniman de la vida rural es lo espantosamente temprano que los acontecimientos empiezan a desatarse. Me he alojado en sitios del campo donde me han arrancado del sueño profundo sobre las seis y media para ir a darme un chapuzón alegre en el lago. En Twing, gracias al cielo, me conocen y me dejan desayunar en la cama.

Los gemelos parecían contentos de verme.

—¡Viejo y buen Bertie! —dijo Claude.

—¡Valiente muchacho! —dijo Eustace—. El reverendo nos dijo que habías llegado. Pensé que mi carta te atraería.

—Siempre se puede contar con Bertie —dijo Claude—. Un deportista de los pies a la cabeza. Bueno, ¿te ha contado Bingo algo del asunto?

—Ni una palabra. Lleva—

—Hemos estado hablando —dijo Bingo apresuradamente— de otros asuntos.

Claude cogió el último trozo de pan con mantequilla, y Eustace se sirvió una taza de té.

—Es así, Bertie —dijo Eustace, acomodándose plácidamente. > «Como te dije en mi carta, somos nueve los náufragos en este paraje desértico, estudiando con el viejo Heppenstall. Bueno, por supuesto, no hay nada más divertido que hincar los codos con los clásicos cuando estamos a cuarenta grados a la sombra, pero llega un momento en que uno empieza a sentir la necesidad de un poco de esparcimiento; y, ¡caramba!, no

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