pero estaba vacía.
Jeeves se deslizó grácilmente.
—Sir Roderick aún no ha llegado, señor.
—¡Buen chico! —dije—. Creí que lo encontraría destrozando los muebles.
Por experiencia sé que cuanto menos te apetece ver a un tipo, más puntual está obligado a ser, y me había hecho a la idea del buen hombre paseándose de un lado a otro sobre la alfombra de mi sala, diciendo «¡No llega!» y calentándose los ánimos en general.
—¿Está todo en orden?
—Imagino que encontrará los arreglos bastante satisfactorios, señor.
—¿Qué nos vas a dar?
“Consomé frío, una chuleta y un entremés salado, señor. Con limonada, helada”.
—Bueno, no veo cómo eso puede hacerle daño. No vayas a dejarte llevar por la