frente a ella estaban de pie seis niños, una niñera, dos holgazanes, otra niñera y el tipo del colmado. Todos estaban mirando fijamente. Por el camino venían galopando otros cinco niños, un perro, tres hombres y un muchacho, todos a punto de mirar fijamente. Y en nuestro porche, tan ajenos a los espectadores como si hubieran estado solos en el Sáhara, estaban Freddie y su Elizabeth, fundidos en un abrazo.
—¡Válgame Dios! —dije.
—Parece ser, señor —dijo Jeeves—, que al final todo ha salido de lo más satisfactoriamente.
—Sí. El querido viejo Freddie tal vez tuviera lagunas con su papel —dije—, pero desde luego parece que su negocio ha terminado por estallar.
—Muy cierto, señor —dijo Jeeves.