—¡De acuerdo! —dije.
Y así a casa, con un día divertido por delante.
Desayuná-é bastante tarde a la mañana siguiente y salí a dar un paseo un rato después. Me pareció que debía hacer todo lo posible por despejar la vieja sesera, y un poco de aire fresco suele aliviar esa sensación como de niebla que se le viene encima a uno a primera hora del día.
Había dado un paseo por el parque y vuelto hasta Hyde Park Corner, cuando algún imbécil me dio un golpe seco entre los omóplatos. Era el joven Eustace, mi primo. Iba del brazo de otros dos tipos, el de la parte de fuera era mi primo Claude y el del medio, un tipo de cara rosada, pelo claro y aspecto medio apocado.
—¡Bertie, viejo lobo marino! —dijo el joven Eustace afablemente.
—¡Hola! —dije, no con demasiado entusiasmo.
—¡Qué casualidad tropezar contigo, el único hombre en Londres que puede mantenernos al nivel al que estamos acostumbrados! A propósito, nunca te habías cruzado con la vieja Cara de Perro, ¿verdad?
Cara de Perro, este es mi primo Bertie. Lord Rainsby— El señor Wooster.
Acabamos de pasar por tu piso, Bertie. Nos dio mucha pena no encontrarte, pero el viejo Jeeves nos acogió muy hospitalariamente. Ese hombre es formidable, Bertie. Consérvalo.
—¿Qué estás haciendo en Londres? —pregunté.
«Oh, rondando por ahí. Solo hemos venido a pasar el día. Visita relámpago, estrictamente