vez de aplicar el truco sanador, va y mete la pata hasta el fondo, rematándolo todo. Al abrir el periódico una mañana, leí que la señora de Alexander Worple había obsequiado a su esposo con un hijo y heredero.
Me daba tanta lástima el pobre viejo Corky que no tuve valor para probar el desayuno.
Le dije a Jeeves que se lo tomara él. Estaba anonadado. Absolutamente. Fue el colmo.
Apenas sabía qué hacer. Quería, por supuesto, salir rajando hacia Washington Square y apretarle la mano en silencio al pobre infeliz; y luego, pensándolo bien, me faltaron agallas.
El tratamiento a distancia parecía lo suyo. Se lo mandé en oleadas.
Pero al cabo de un mes más o menos volví a dudar. Se me ocurrió que era jugársela un poco