No recuerdo haberme cruzado jamás con alguien en cuya vida pareciera yo importar tan poco.
—¡Hola! —dije—. ¿Pesca?
Puse la mano sobre su hombro de un modo casi paternal, como de hermano mayor.
—¡Eh, cuidado! —dijo el chaval, tambaleándose sobre sus cimientos.
Era una de esas cosas que hay que hacer rápido o no hacerlas.
Cerré los ojos y empujé. Algo pareció ceder.
Se oyó un ruido de forcejeo, una especie de aullido, un grito a lo lejos y un chapuzón.
Y así transcurrió el largo día, por decirlo de algún modo.
Abrí los ojos. El chaval apenas estaba saliendo a la superficie.
«¡Auxilio!», grité, echando una ojeada al arbusto del que se suponía que iba a salir el joven Bingo.
No pasó nada. El joven Bingo no asomó la más mínima pestaña.
—¡Oigan! ¡Auxilio! —volví a gritar.
No quiero aburrirles con reminiscencias de mi carrera teatral, pero debo mencionar una vez más aquella vez que hice de mayordomo. El plan en esa ocasión era que, al dejar la bandeja sobre la mesa, la protagonista entrara y dijera unas cuantas palabras para sacarme de escena. Pues bien, la noche del estreno, la descarriada mujer se olvidó de quedarse bamboleándose entre bambalinas, y pasó un minuto entero antes de que el equipo de rescate la localizara y la empujara al escenario. Y durante todo ese tiempo tuve que quedarme allí, esperando. Una sensación detestable, créanme, y esto era exactamente