de cenar de aquella misma noche estaba en condiciones de hacerlo, y lo hice sin demora.
—Respecto a ese asunto que estábamos tratando, Jeeves —dije, saliendo del baño y abordándolo mientras ponía los botones en la pechera de la camisa—, me alegraría que me prestaras tu atenta consideración por un momento. Te advierto que lo que voy a decirte te va a dejar bastante planchado.
—¿De veras, señor?
—Sí, Jeeves. Le va a hacer quedar bastante ridículo. Tal vez eso haga que en el futuro sea usted un poco más cuidadoso a la hora de difundir esas estimaciones suyas sobre el carácter de la gente. Esta mañana, si no recuerdo mal, afirmó que la señorita Wickham era volátil, frívola y carente de seriedad. ¿Estoy en lo cierto?
—Muy cierto, señor.
—Entonces lo que tengo que decirle tal vez le haga cambiar de opinión. Fui a dar un paseo con la señorita Wickham esta tarde; y, mientras caminábamos, le conté lo que el joven Tuppy Glossop me hizo en la piscina de los Drones. Estaba embelesada con mis palabras, Jeeves, y llena de compasión.
—¿De veras, señor?
—Hasta los topes. Y eso no es todo. Casi antes de que hubiera terminado, ya estaba sugiriendo el plan más maduro, jugoso y brillante para llevar las canas del joven Tuppy a la tumba con amargura que uno pudiera imaginarse jamás.
—Es muy gratificante, señor.
«Gratificante es la palabra. Parece que