lluvia.
“¿De verdad?”
Eso dio por terminada la charla informal. Él siguió leyendo, y yo encontré una silla, me senté y me puse a mascar el mango de mi bastón. Y así transcurrió el largo día.
Puede haber sido cosa de dos horas más tarde, o puede haber sido cosa de cinco minutos, cuando comenzó a oírse en el pasillo de fuera un extraño lamento, como el de alguna criatura con dolor.
El tipo Waterbury levantó la vista. Yo levanté la vista.
Los lamentos se acercaron más. Entraron en la habitación. Era Sippy, que cantaba.
“—Te amo. Eso es todo lo que puedo decir. Te amo, te a-a-mo.