saben a lo que me refiero, y enemigo del Progreso.
—Nada más, Jeeves —dije, con silenciosa dignidad.
“Muy bien, señor.”
Lanzó una mirada gélida a las polainas y se piró. ¡Maldito sea!
Algo más alegre y brillante que los Gemelos, cuando irrumpieron haciendo piruetas en el viejo piso mientras me vestía para cenar la noche siguiente, no lo he visto en toda mi p*** vida.
Solo les llevo unos seis años a Claude y a Eustace, pero de algún modo rarísimo siempre logran hacerme sentir como si estuviera ya bien entrada la categoría de abuelo y esperando simplemente el final.
Casi antes de que me diera cuenta de que estaban allí, ya se habían apoderado de los mejores sillones, me habían birlado un par de mis cigarrillos especiales, se habían servido un whisky con soda cada uno y se habían puesto a parlotear con la alegría y el desenfreno de dos pájaros que hubieran alcanzado la ambición de su vida en vez de haberse pegado un batacazo espantoso y estar bajo sentencia de exilio.
—Hola, Bertie, viejo amigo —dijo Claude—. Muy amable de tu parte habernos alojado.
—Oh, no —dije—._ Solo desearía que te quedaras por un buen rato.
—¿Oyes eso, Eustace? Desea que nos quedemos un buen rato.
—Supongo que parecerá un buen trecho —dijo Eustaquio con filosofía.
—¿Te enteraste de la juerga, Bertie? De nuestro pequeño percance, digo.
—Oh, sí. La tía Ágatha