accidente, señor.
“¿Lo había hecho?”
—Sí, señor.
“Rara coincidencia. Digo, después de lo que estabas diciendo esta mañana”.
—No del todo, señor. Antes de telefonear a la señorita Moon, me tomé la libertad adicional de propinarle al señor Sipperley un fuerte golpe en la cabeza con uno de sus palos de golf, que por fortuna estaba tirado en un rincón de la habitación. El putter, creo, señor. Si mal no recuerda, estuvo practicando con él esta mañana antes de marchar.
Me quedé boquiabierto mirando al fulano. Siempre había tenido a Jeeves por un hombre de infinita sagacidad, increíblemente sensato en cualquier cuestión de corbatas o polainas; pero jamás hasta entonces lo había sospechado capaz de un trabajo de matón como este.
Parecía abrir una perspectiva completamente nueva del tipo. No puedo expresarlo mejor que diciendo que, al contemplarlo, las escamas parecieron caerse de mis ojos.
—¡Santo cielo, Jeeves!
—Lo hice con el mayor de los penares, señor. Me pareció el único camino.
—Pero mire usted, Jeeves. No entiendo esto. ¿No se puso el señor Sipperley de lo más furioso cuando volvió en sí y descubrió que le había estado arreando con los palos de golf?
—Él no se dio cuenta de que lo había hecho, señor. Tomé la precaución de esperar hasta que me