muchacho de diez años”.
—No, eso es verdad. Me lo dijo él. Pero, aun así, seguro que le harían preguntas sobre mi tía... o, mejor dicho, su tía. ¿Dónde estaría yo entonces?
—El señor Sipperley tuvo la amabilidad de darme algunos datos respecto a la señorita Sipperley, señor, que apunté. Con estos, sumados a lo que mi primo me ha contado sobre los hábitos de la dama, creo que estaría en condiciones de responder cualquier pregunta ordinaria.
Hay algo maldaderamente insidioso en Jeeves.
Una y otra vez, desde que empezamos a trabajar juntos, me ha anonadado con alguna sugerencia, ardid, treta o plan de acción Aparentemente imbécil, y al cabo de unos cinco minutos me ha convencido de que no solo es sensato, sino de lo más jugoso.
Le llevó casi un cuarto de hora convencerme de este en particular, ya que era con mucho el más estrafalario hasta la fecha; pero lo consiguió. Me estaba resistiendo con bastante firmeza, cuando de repente zanjó la cuestión.
—Ciertamente le sugeriría, caballero —dijo—, que abandonara Londres tan pronto como fuera posible y permaneciera oculto durante algún tiempo en algún retiro donde no fuera probable que lo encontraran.
¿Eh? ¿Por qué?
“Durante la última hora, la señora Spencer ha estado al teléfono tres veces, señor, intentando ponerse en comunicación con usted”.
—¡Tía Ágatha! —grité, palideciendo bajo mi bronceado.
—Sí, señor. Deduje por sus