parecido al de un neumático reventando en un nido de cobras, y de los arbustos a mi izquierda emergió algo tan grande, blanco y activo que, pensando más rápido de lo que jamás lo he hecho en mi vida, me alcé como un faisán en pleno vuelo y, antes de darme cuenta de lo que hacía, empecé a trepar por salvar el pellejo. Algo dio un manotazo contra la pared a cosa de una pulgada por debajo de mi tobillo derecho, y cualquier duda que pudiera haber tenido sobre seguir abajo se esfumó. El muchacho que llevaba entre la nieve y el hielo el estandarte con el extraño lema «¡Excelsior!» fue el modelo a seguir para Bertram.
«¡Ten cuidado!», ladró el Honorable.
Lo era.
Quienquiera que hubiera construido el Octágono podría haberlo edificado expresamente para esta clase de crisis. Sus paredes tenían ranuras a intervalos regulares que venían como anillo al dedo para las manos y los pies, y no tardé mucho en plantarme en el techo junto al Excmo. Sr. [Right Hon.], contemplando desde las alturas a uno de los cisnes más grandes y de peor pulga que había visto en mi vida. Estaba abajo, estirando un cuello como una manguera de bomberos, justo donde un trozo de ladrillo, arrojado con tino, le