ser una buena influencia para ti —dijo ella—. De verdad desearía que lo dejaras. ¿Lo harás?”
—Bueno... —empecé. Y en ese momento el viejo Cuthbert, el gato, habiéndose aburrido presumiblemente él solo entre los arbustos, entró con cara de amiguete y se me subió a las faldas.
Lo recibí con bastante cordialidad. Aunque no fuera más que un gato, de algún modo completaba el tercio en aquella compañía, y me proporcionó una buena excusa para cambiar de tema.
—Alegres pájaros, gatos —dije.
Ella no aceptaba nada de eso.
—¿Vas a dejar caer a Bertie Wooster? —dijo, ignorando por completo el motivo del gato.
“Sería tan difícil”.
—Qué tontería. Solo hace falta un poco de fuerza