gatas de debajo del sofá. El tipo estaba muy impresionado. Y yo también, a decir verdad. La idea de pasar varias semanas con el tío George en Harrogate parecía nublarlo todo.
—¡Así que de ahí sacó la cigarrera, maldito sea! —dijo Eustace con amargura—. ¡De todas las jugarretas sucias! ¡Robar a su propia carne y sangre! El tipo debería estar entamborado.
“Debería estar en Sudáfrica —dije—. Y usted también”.
Y con una elocuencia que bastante me sorprendió, me puse a echarle un discurso de quizá diez minutos sobre el tema de su deber para con su familia y todo eso.
Apelé a su sentido de la decencia. Puse por las nubes a Sudáfrica con gran entusiasmo. Dije todo cuanto se me vino a la cabeza, gran parte por partida doble.
Pero lo único que hizo el tío ese fue parlotear sobre la infamia de su maldito hermano por habérsela jugado con lo de la cigarrera. Parecía pensar que Claude, al endosarle el suntuoso regalo, le había tomado una ventaja tremenda; y hubo una escena penosa cuando este último regresó de Hurst Park.
Pude oírles hablar durante media noche, mucho después de que yo me hubiera arrastrado a la cama. No recuerdo haber conocido a tipos que necesitaran tan poco sueño como esos dos.
Después de esto, las cosas se pusieron un poco tensas en el apartamento debido a que Claude y Eustace no se hablaban.