de esmoquin de un modo que solo puedo calificar de ostensible. Todo aquello era sumamente doloroso, y me pareció, mientras yacía en la cama la mañana del veinticuatro, que el único paso que debía dar era exponerle todos los hechos del caso y confiar en su buen juicio innato para lograr un entendimiento.
Aquel día me sentía de lo más boyante. Todo había ido sobre ruedas.
Mi anfitriona, lady Wickham, era una hembra aguileña construida con un parecido demasiado inquietante al de mi tía Ágata, pero a mi llegada se había mostrada bastante amigable. Su hija Roberta me había recibido con una calidez que, debo confesar, había hecho latir las viejas fibras del corazón un tanto.
Y sir Roderick, en el breve momento que habíamos compartido, parecía haber dejado que el espíritu navideño lo empapara hasta un punto de lo más asombroso. Al verme, se le curvó la boca por un extremo —lo que tomé por su manera de sonreír— y soltó: «¡Ajá, joven!». No precisamente muy amigablemente, pero lo soltó; y mi opinión era que aquello equivalía prácticamente a que el león se acostara con el cordero.
Así que, en resumidas cuentas, la vida en aquel momento parecía marchar sobre hojuelas, y decidí contarle a Jeeves exactamente cómo estaban las cosas.
—Jeeves —dije, cuando apareció con el humeante.
“¿Señor?”
“A propósito de esto de que estemos aquí, me gustaría decir unas cuantas palabras de explicación. Considero