pero no sirvió de nada. No había ningún Augustus Mannering-Phipps en el establecimiento.
Confieso que el golpe fue fuerte. Allí me encontraba yo, solo en una ciudad extraña y sin rastro de Gussie. ¿Cuál era el siguiente paso?
Nunca he sido de los que brillan por su inteligencia a primera hora de la mañana; al viejo colodrillo como que no le da por ponerse en marcha hasta bien entrada la tarde, y no se me ocurría qué hacer.
Sin embargo, algún instinto me llevó a cruzar una puerta al fondo del vestíbulo, y me vi en una sala grande con un cuadro enorme que ocupaba toda una pared, y bajo el cuadro un mostrador, y detrás del mostrador varios chappies de blanco sirviendo copas.
Tienen barmen, ¿saben?, en Nueva York, no camareras. ¡Qué idea tan rara!
Me puse sin reservas en manos de uno de los muchachos blancos. Era un alma amable y le conté todo el estado de cosas. Le pregunté qué creía que vendría al caso.
Él dijo que en una situación de esa índole solía recetar un «rayo zumbador», un invento de su cosecha. Afirmó que con eso se entrenaban los conejos cuando los enfrentaban a osos pardos, y que solo había constancia de un caso en el que el oso hubiera aguantado tres asaltos. Así que probé un par y, ¡caramba!, el hombre tenía toda la razón. Al apurar el segundo, una gran carga pareció desvanecerse de mi corazón, y salí con un ánimo bastante fortalecido a echar un vistazo a la