Leyes de la variación
He hablado hasta ahora a veces como si las variaciones —tan comunes y multiformes en los seres orgánicos en estado de domesticación, y en menor grado en los que están en estado de naturaleza— se debieran al azar. Esto, por supuesto, es una expresión totalmente incorrecta, pero sirve para reconocer claramente nuestra ignorancia acerca de la causa de cada variación en particular. Algunos autores creen que es tanto función del sistema reproductor producir diferencias individuales, o ligeras desviaciones de estructura, como hacer que el hijo se parezca a sus padres. Pero el hecho de que las variaciones y las monstruosidades ocurran con mucha más frecuencia bajo la domesticación que en la naturaleza, y la mayor variabilidad de las especies de amplia distribución que de aquellas de áreas restringidas, conducen a la conclusión de que la variabilidad está relacionada por lo general con las condiciones de vida a las que cada especie ha estado expuesta durante varias generaciones sucesivas. En el primer capítulo intenté mostrar que las condiciones cambiantes actúan de dos maneras: directamente sobre toda la organización o únicamente sobre ciertas partes, e indirectamente a través del sistema reproductor. En todos los casos hay dos factores: la naturaleza del organismo, que es con mucho el más importante de los dos, y la naturaleza de las condiciones. La acción directa de las condiciones cambiantes conduce a resultados definidos o indefinidos. En este último caso, la organización parece volverse plástica y tenemos una gran variabilidad fluctuante. En el primer caso, la naturaleza del organismo es tal que cede fácilmente, cuando se le somete a ciertas condiciones, y todos los individuos, o casi todos, se modifican de la misma manera.
Es muy difícil decidir hasta qué punto las condiciones modificadas, como las del clima, el alimento, etcétera, han actuado de una manera definida. Hay razones para creer que, con el transcurso del tiempo, los efectos han sido mayores de lo que puede demostrarse con pruebas claras.
Pero podemos concluir con seguridad que las innumerables y complejas coadaptaciones de estructura que vemos en toda la naturaleza entre diversos seres orgánicos no pueden atribuirse simplemente a dicha acción.
En los casos siguientes, las condiciones parecen haber producido algún ligero efecto definido:
- E. Forbes afirma que las conchas en su límite meridional, y cuando viven en aguas poco profundas, están más vivamente coloreadas que las de la misma especie procedentes de más al norte o de mayor profundidad; pero esto ciertamente no siempre se cumple.
- El Sr. Gould cree que las aves de la misma especie están más vivamente coloreadas bajo una atmósfera despejada que cuando viven cerca de la costa o en islas; y Wollaston está convencido de que la residencia cerca del mar afecta a los colores de los insectos.
- Moquin-Tandon da una lista de plantas que, cuando crecen cerca de la orilla del mar, tienen sus hojas en cierto grado carnosas, aunque no lo sean en otras partes.
Estos organismos ligeramente variables son interesantes en la medida en que presentan caracteres análogos a los poseídos por las especies que están confinadas a condiciones similares.
Cuando una variación es de la más mínima utilidad para cualquier ser, no podemos determinar cuánto debemos atribuir a la acción acumulativa de la selección natural y cuánto a la acción definida de las condiciones de vida.
Así, es bien sabido por los peleteros que los animales de la misma especie tienen un pelaje más espeso y de mejor calidad cuanto más al norte viven; pero ¿quién puede decir qué parte de esta diferencia se debe a que los individuos mejor provistos de abrigo han sido favorecidos y preservados durante muchas generaciones, y qué parte a la acción del clima severo? Pues parece ser que el clima ejerce cierta acción directa sobre el pelo de nuestros cuadrúpedos domésticos.
Podrían citarse casos de variedades similares producidas a partir de la misma especie bajo condiciones exteriores de vida tan diferentes como buenamente pueda concebirse; y, por otra parte, de variedades desemejantes producidas bajo condiciones exteriores aparentemente idénticas.
Asimismo, todo naturalista conoce innumerables casos de especies que se mantuvieron constantes, o que no variaron en absoluto, a pesar de vivir bajo los climas más opuestos.
Consideraciones como estas me inclinan a conceder menos importancia a la acción directa de las condiciones circundantes que a una tendencia a variar debida a causas que ignoramos por completo.
En cierto sentido puede decirse que las condiciones de vida no sólo causan variabilidad, ya sea directa o indirectamente, sino que asimismo incluyen la selección natural, pues las condiciones determinan si esta o aquella variedad ha de sobrevivir.
Pero cuando el hombre es el agente seleccionador, vemos claramente que los dos elementos del cambio son distintos; la variabilidad es excitada de algún modo, pero es la voluntad del hombre la que acumula las variaciones en una dirección determinada; y es esta última agencia la que corresponde a la supervivencia del más apto en la naturaleza.