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nydus/The Origin of SpeciesPublic
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Resumen

Me he esforzado en este capítulo por mostrar brevemente que las cualidades mentales de nuestros animales domésticos varían, y que las variaciones se heredan. Aún más brevemente he intentado mostrar que los instintos varían ligeramente en estado de naturaleza.

Nadie disputará que los instintos son de la máxima importancia para cada animal. Por consiguiente, no hay verdadera dificultad, bajo condiciones de vida cambiantes, en que la selección natural acumule hasta cualquier punto modificaciones ligeras del instinto que sean de algún modo útiles. En muchos casos el hábito o el uso y el desuso han entrado probablemente en juego.

No pretendo que los hechos dados en este capítulo refuercen en gran medida mi teoría; pero ninguno de los casos de dificultad, a mi mejor entender, la anula. Por otra parte, el hecho de que los instintos no sean siempre absolutamente perfectos y sean propensos a errores; de que no pueda demostrarse que ningún instinto haya sido producido para el bien de otros animales, aunque los animales se aprovechan de los instintos de otros; de que el canon de la historia natural de “Natura non facit saltum” sea aplicable a los instintos tanto como a la estructura corpórea, y sea claramente explicable según las opiniones precedentes, pero sea por lo demás inexplicable⁠—, todo tiende a corroborar la teoría de la selección natural.

Esta teoría también se ve fortalecida por algunos pocos hechos más en relación con los instintos; como por ejemplo ese caso común de especies estrechamente emparentadas, pero distintas, que al habitar partes distantes del mundo y vivir bajo condiciones de vida considerablemente diferentes, sin embargo, a menudo conservan casi los mismos instintos. Por ejemplo, podemos comprender, según el principio de la herencia, cómo es que el zorzal de la América del Sur tropical forra su nido con barro, de la misma manera peculiar en que lo hace nuestro zorzal británico; cómo es que los cálaos de África y la India tienen el mismo instinto extraordinario de tapar y encierran a las hembras en el hueco de un árbol, dejando tan solo un pequeño orificio en el revoque a través del cual los machos las alimentan a ellas y a sus crías una vez nacidas; cómo es que los machos de los reyezuelos (Troglodytes) de América del Norte construyen «nidos de gallo» para pernoctar, al igual que los machos de nuestros reyezuelos comunes —un hábito totalmente distinto al de cualquier otra ave conocida—. Finalmente, puede que no sea una deducción lógica, pero para mi imaginación resulta mucho más satisfactorio considerar instintos tales como el joven cuco que expulsa a sus hermanos adoptivos, las hormigas que hacen esclavos, las larvas de los icneumónidos que se alimentan dentro de los cuerpos vivos de las orugas, no como instintos especialmente dotados o creados, sino como pequeñas consecuencias de una ley general que conduce al progreso de todos los seres orgánicos —a saber, multiplicaos, variaos, dejad que viva el más fuerte y muera el más débil—.

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