Ciertos naturalistas sostienen que los animales nunca presentan variedades; pero entonces esos mismos naturalistas consideran que la más mínima diferencia tiene valor específico; y cuando se encuentra una misma e idéntica forma en dos países distantes, o en dos formaciones geológicas, creen que bajo el mismo disfraz se ocultan dos especies distintas.
El término especie pasa a ser así una mera abstracción inútil, que implica y presupone un acto separado de creación.
Es indudable que muchas formas, consideradas por jueces muy competentes como variedades, se asemejan tanto en su carácter a las especies que otros jueces muy competentes las han clasificado de ese modo. Pero discutir si deben llamarse especies o variedades, antes de que se haya aceptado generalmente ninguna definición de estos términos, es batir el aire en vano.
Muchos de los casos de variedades muy marcadas o de especies dudosas merecen bien ser considerados; pues se han aducido varias líneas interesantes de argumentación, a partir de la distribución geográfica, la variación analógica, el hibridismo, etc., en el intento de determinar su rango; pero el espacio no me permite aquí discutirlos. Una investigación minuciosa, en muchos casos, llevará sin duda a los naturalistas a ponerse de acuerdo sobre cómo clasificar las formas dudosas. Sin embargo, debe confesarse que es en los países mejor conocidos donde encontramos el mayor número de ellas. Me ha llamado la atención el hecho de que si cualquier animal o planta en estado de naturaleza es muy útil para el hombre, o por cualquier causa atrae fuertemente su atención, casi universalmente se encontrarán registradas variedades del mismo. Estas variedades, además, a menudo serán catalogadas por algunos autores como especies.