En estos capítulos he intentado demostrar que, si tenemos debidamente en cuenta nuestra ignorancia acerca de los efectos completos de los cambios de clima y del nivel del suelo, que sin duda han ocurrido en el período reciente, y de otros cambios que probablemente hayan ocurrido; si recordamos cuán ignorantes somos respecto a los muchos y curiosos medios de transporte ocasional; si tenemos presente, y esta es una consideración muy importante, cuán a menudo una especie puede haberse extendido continuamente por una amplia zona y haberse extinguido después en las regiones intermedias, la dificultad no es insuperable para creer que todos los individuos de la misma especie, se encuentren donde se encuentren, descienden de padres comunes.
Y nos conduce a esta conclusión —a la que han llegado muchos naturalistas bajo la denominación de centros únicos de creación— varias consideraciones generales, más especialmente la importancia de las barreras de todo tipo y la distribución analógica de los subgéneros, géneros y familias.
Con respecto a las distintas especies pertenecientes al mismo género, que según nuestra teoría se han extendido desde una fuente progenitora común; si hacemos las mismas salvedades que antes respecto a nuestra ignorancia, y recordamos que algunas formas de vida han cambiado muy lentamente, habiéndose concedido así enormes períodos de tiempo para su migración, las dificultades están lejos de ser insuperables; aunque en este caso, al igual que en el de los individuos de la misma especie, a menudo sean grandes.
Como ejemplo de los efectos de los cambios climáticos en la distribución, he intentado mostrar cuán importante papel ha desempeñado el último período glacial, que afectó incluso a las regiones ecuatoriales y que, durante las alternancias de frío en el norte y en el sur, permitió que las producciones de hemisferios opuestos se mezclaran, y dejó a algunas de ellas varadas en las cumbres de las montañas en todas partes del mundo.
Como muestra de cuán diversificados son los medios de transporte ocasional, he analizado con cierta extensión los medios de dispersión de las producciones de agua dulce.
Si las dificultades no son insuperables para admitir que, en el largo curso del tiempo, todos los individuos de la misma especie, y asimismo de las diversas especies pertenecientes al mismo género, han procedido de un solo origen, entonces todos los grandes hechos principales de la distribución geográfica son explicables mediante la teoría de la migración, junto con la subsiguiente modificación y la multiplicación de nuevas formas. Podemos comprender así la gran importancia de las barreras, ya sean de tierra o de agua, no solo al separar, sino al parecer al formar las diversas provincias zoológicas y botánicas. Podemos comprender así la concentración de especies emparentadas dentro de las mismas áreas; y cómo es que, bajo diferentes latitudes, por ejemplo, en América del Sur, los habitantes de las llanuras y las montañas, de los bosques, marismas y desiertos, están vinculados entre sí de un modo tan misterioso, y están asimismo vinculados a los seres extintos que antiguamente habitaron el mismo continente. Teniendo presente que la relación mutua de organismo a organismo es de la máxima importancia, podemos ver por qué dos áreas que tienen casi las mismas condiciones físicas deben estar habitadas a menudo por formas de vida muy diferentes; pues según el tiempo transcurrido desde que los colonizadores entraron en una de las regiones, o en ambas; según la naturaleza de la comunicación que permitió la entrada de ciertas formas y no de otras, ya sea en mayor o menor número; según si las que entraron llegaron a entrar en competencia más o menos directa entre sí y con los aborígenes; y según si los inmigrantes fueron capaces de variar con mayor o menor rapidez, se producirían en las dos o más regiones, independientemente de sus condiciones físicas, condiciones de vida infinitamente diversificadas; habría una cantidad casi interminable de acción y reacción orgánica, y hallaríamos que algunos grupos de seres están muy modificados, y algunos solo ligeramente; unos desarrollados con gran fuerza, otros existentes en escasos números—y esto es lo que de hecho encontramos en las diversas grandes provincias geográficas del mundo.
Sobre estos mismos principios podemos comprender, como he procurado demostrar, por qué las islas oceánicas deben tener pocos habitantes, pero que de éstos, una gran proporción debe ser endémica o peculiar; y por qué, en relación con los medios de migración, un grupo de seres debe tener todas sus especies peculiares, y otro grupo, aun dentro de la misma clase, debe tener todas sus especies idénticas a las de una región contigua del mundo.
Podemos ver por qué grupos enteros de organismos, como los batracios y los mamíferos terrestres, deben estar ausentes de las islas oceánicas, mientras que las islas más aisladas deben poseer sus propias especies peculiares de mamíferos aéreos o murciélagos.
Podemos ver por qué, en las islas, debe haber cierta relación entre la presencia de mamíferos, en un estado más o menos modificado, y la profundidad del mar entre tales islas y el continente.
Podemos ver claramente por qué todos los habitantes de un archipiélago, aunque específicamente distintos en los diferentes islotes, deben estar estrechamente emparentados entre sí, y deben estar asimismo emparentados, aunque menos estrechamente, con los del continente más cercano u otra fuente de donde puedan haber derivado los inmigrantes.
Podemos ver por qué, si existen especies muy afines o representativas en dos áreas, por muy distantes que estén la una de la otra, casi siempre se encontrarán allí algunas especies idénticas.
Como solía insistir el difunto Edward Forbes, existe un paralelismo sorprendente en las leyes de la vida a través del tiempo y del espacio; las leyes que rigen la sucesión de las formas en tiempos pasados son casi las mismas que rigen en la actualidad las diferencias en distintas áreas. Vemos esto en muchos hechos. La permanencia de cada especie y grupo de especies es continua en el tiempo; pues las excepciones aparentes a la regla son tan pocas que bien pueden atribuirse a que aún no hemos descubierto en un depósito intermedio ciertas formas que están ausentes en él, pero que aparecen arriba y abajo: así también en el espacio, ciertamente es la regla general que el área habitada por una sola especie, o por un grupo de especies, sea continua, y las excepciones, que no son raras, pueden, como he intentado demostrar, explicarse por migraciones anteriores bajo circunstancias diferentes, o por medios ocasionales de transporte, o por haberse extinguido la especie en los tramos intermedios. Tanto en el tiempo como en el espacio, las especies y los grupos de especies tienen sus puntos de máximo desarrollo. Los grupos de especies que viven durante el mismo período de tiempo o que viven dentro de la misma área se caracterizan a menudo por rasgos insignificantes en común, como de escultura o color. Al observar la larga sucesión de las edades pasadas, así como al contemplar provincias distantes en todo el mundo, encontramos que las especies de ciertas clases difieren poco entre sí, mientras que las de otra clase, o solo de una sección diferente del mismo orden, difieren mucho entre sí. Tanto en el tiempo como en el espacio, los miembros de organización inferior de cada clase cambian generalmente menos que los de organización superior; pero en ambos casos hay excepciones marcadas a la regla. Según nuestra teoría, estas diversas relaciones a través del tiempo y del espacio son comprensibles; pues ya sea que miremos a las formas de vida emparentadas que han cambiado durante edades sucesivas, o a aquellas que han cambiado tras haber migrado a regiones distantes, en ambos casos están conectadas por el mismo vínculo de la generación ordinaria; en ambos casos las leyes de la variación han sido las mismas y las modificaciones se han acumulado por el mismo medio de la selección natural.