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XII. Periodicidad en la Naturaleza

Pero ahora vamos más allá de este mero reconocimiento. No sólo podemos decir que tres acontecimientos, A , B , C , ocurrieron en este orden, de modo que A precedió a B , y B a C ; sino que también podemos decir que el intervalo de tiempo transcurrido entre las ocurrencias de A y B fue el doble que el transcurrido entre B y C . Ahora bien, la cantidad de tiempo depende esencialmente de observar el número de recurrencias naturales que han mediado. Podemos decir que la duración temporal entre A y B fue de tantos días, o tantos meses, o tantos años, según el tipo de recurrencia al que deseemos apelar.

En efecto, al comienzo de la civilización, estos tres modos de medir el tiempo eran realmente distintos. Ha sido una de las primeras tareas de la ciencia entre las naciones civilizadas o semicivilizadas el fusionarlos en una medida coherente.

Se debe comprender la magnitud total de esta tarea. Es necesario determinar, no solo qué número de días (por ejemplo, 365.25) corresponden a un año determinado, sino también determinar previamente que el mismo número de días corresponde efectivamente a los años sucesivos.

Podemos imaginar un mundo en el que existen periodicidades, pero de tal modo que ninguna sea coherente con otra. En algunos años podría haber 200 días y en otros 350. La determinación de la amplia consistencia general de las periodicidades más importantes fue el primer paso en la ciencia natural.

Esta consistencia no surge de ninguna ley del pensamiento intuitiva y abstracta; es meramente un hecho observado de la naturaleza garantizado por la experiencia.

En verdad, dista tanto de ser una ley necesaria, que ni siquiera es exactamente verdadera. Hay divergencias en cada caso.

En algunos casos estas divergencias se observan fácilmente y, por tanto, son inmediatamente aparentes. En otros casos se requieren las observaciones más refinadas y precisión astronómica para hacerlas aparentes.

A grandes rasgos, todas las recurrencias que dependen de seres vivos, como los latidos del corazón, están sujetas, en comparación con otras recurrencias, a variaciones rápidas.

Las grandes recurrencias estables y obvias —estables en el sentido de coincidir mutuamente con gran precisión— son aquellas que dependen del movimiento de la Tierra en su conjunto, y de movimientos similares de los cuerpos celestes.

Por tanto, suponemos que estas recurrencias astronómicas marcan intervalos iguales de tiempo. ¿Pero cómo hemos de lidiar con sus discrepancias, que las refinadas observaciones de la astronomía detectan? Aparentemente nos vemos reducidos a la suposición arbitraria de que uno u otro de estos conjuntos de fenómenos marca tiempos iguales —por ejemplo, que todos los días son de igual duración, o que todos los años son de igual duración—. Esto no es así: hay que hacer algunas suposiciones, pero la suposición que subyace a todo el procedimiento de los astrónomos al determinar la medida del tiempo es que las leyes del movimiento se verifican exactamente.

Antes de explicar cómo se hace esto, es interesante observar que esta delegación de la determinación de la medida del tiempo en los astrónomos surge (como se ha dicho) de la estable consistencia de las recurrencias con las que tratan.

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