indicadas, debía necesariamente habérseme manifestado a mí, o a cualquier planilandés, como un Círculo, primero de tamaño completo, luego pequeño y por último muy pequeño en verdad, aproximándose a un Punto. Pero para mí, aunque tenía los hechos ante los ojos, las causas seguían siendo tan oscuras como siempre. Todo lo que pude comprender fue que el Círculo se había hecho más pequeño y desvanecido, y que ahora había reaparecido y se estaba haciendo más grande con rapidez.
Cuando hubo recuperó su tamaño original, lanzó un profundo suspiro; pues comprendió por mi silencio que no le había comprendido en absoluto. Y, en verdad, yo me inclinaba ahora a creer que no debía de ser en absoluto un Círculo, sino algún malabarista sumamente hábil; o bien que los cuentos de viejas eran ciertos, y que después de todo existían personas tales como hechiceros y magos.
Tras una larga pausa, musitó para sí: «Solo me queda un recurso, si no he de recurrir a la acción. Debo probar el método de la analogía». Siguió luego un silencio aún más prolongado, tras el cual continuó nuestro diálogo.
Esfera. Dime, señor matemático; si un Punto se mueve hacia el norte y deja una estela luminosa, ¿qué nombre le darías a la estela?
I. Una línea recta.
Esfera.
¿Y una línea recta tiene cuántos extremos?
I. Dos.