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XVIII. Cómo llegué al Espacio y qué vi allí

«Considerando que los Estados se habían visto perturbados por diversas personas malintencionadas que fingían haber recibido revelaciones de otro mundo y presumían de producir demostraciones con las que habían incitado al delirio tanto a sí mismas como a los demás, se había resuelto por esta causa unánimemente por el Gran Consejo que, en el primer día de cada milenio, se enviaran mandatos especiales a los prefectos de los diversos distritos de Planilandia para que buscaran rigurosamente a tales personas extraviadas y, sin formalidad de examen matemático, destruyeran a todas aquellas que fuesen Isósceles de cualquier grado, azotaran y encarcelaran a cualquier Triángulo regular, hicieran enviar a cualquier Cuadrado o Pentágono al asilo del distrito y arrestaran a cualquiera de rango superior, enviándolo directamente a la Capital para ser examinado y juzgado por el

—Oyes tu destino —me dijo la Esfera, mientras el Consejo aprobaba por tercera vez la resolución formal—. La muerte o la cárcel aguardan al Apóstol del Evangelio de las Tres Dimensiones.

—No es así —repliqué—, la cuestión me resulta ahora tan clara, la naturaleza del espacio real tan palpable, que me parece que podría hacérsela entender a un niño. Permítame tan solo descender en este momento e iluminarlos.

«Aún no», dijo mi guía, «llegará el momento para eso. Mientras tanto debo cumplir mi misión. Permanece tú ahí en tu sitio».

Dichas estas palabras, saltó con gran destreza al mar (si así puedo llamarlo) de Planilandia, justo en medio del círculo de Consejeros. «Vengo», exclamó, «a proclamar que existe una tierra de Tres Dimensiones».

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