componentes de los colores más simples y un método rudimentario de pintura, comenzó a decorar primero su casa, luego a sus esclavos, después a su padre, a sus hijos y nietos, y finalmente a sí mismo. La conveniencia, así como la hermosura de los resultados, se ganaron a todo el mundo. Dondequiera que Chromatistes —pues con ese nombre los autores más fidedignos coinciden en llamarlo— dirigía su abigarrado cuerpo, despertaba al instante la atención y atraía el respeto. Ya nadie necesitaba «palparlo»; nadie confundía su frente con su espalda; todos sus movimientos eran advertidos con facilidad por sus vecinos sin el menor esfuerzo en sus facultades de cálculo; nadie lo atropellaba ni dejaba de abrirle paso; su voz se ahorraba el esfuerzo de esa emisión agotadora con la que los incoloros Cuadrados y Pentágonos nos vemos a menudo forzados a proclamar nuestra individualidad cuando nos movemos entre una multitud de ignorantes Isósceles.
La moda se extendió como un reguero de pólvora. Antes de que pasara una semana, todos los Cuadrados y Triángulos del distrito habían imitado el ejemplo de Chromatistes, y solo unos pocos Pentágonos, más conservadores, resistían aún. Uno o dos meses bastaron para que hasta los Dodecágonos se vieran contagiados por la innovación. No había transcurrido un año cuando la costumbre ya se había extendido a todos, salvo a la mismísima cúspide de la nobleza.
Huelga decir que el uso no tardó en pasar del distrito de Chromatistes a las regiones circundantes; y en el espacio de dos generaciones ya no había nadie en todo Planilandia que careciera de color, a excepción de las mujeres y los Sacerdotes.
Aquí la Naturaleza misma parecía erigir una barrera, y abogar en contra de extender la innovación a estas dos clases. La polifaceticidad era casi esencial como pretexto para los innovadores. «La distinción de facetas está destinada por la Naturaleza a implicar distinción de colores»—tal era el sofisma que por aquellos días corría de boca en boca, convirtiendo