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XII. De la doctrina de nuestros sacerdotes

Por mi parte, considero que lo mejor es suponer que una buena y sonora reprimenda o castigo ejerce cierta influencia latente y fortalecedora sobre la Configuración de mi nieto; aunque reconozco que no tengo fundamentos para pensar tal cosa.

Sea como fuere, no estoy solo en mi manera de salir de este dilema; pues descubro que muchos de los Círculos más elevados, al actuar como jueces en los tribunales de justicia, emplean la alabanza y la reprimenda con las Figuras Regulares e Irregulares, y sé por experiencia que en sus hogares, cuando regañan a sus hijos, hablan de lo «correcto» o lo «incorrecto» con tanta vehemencia y pasión como si creyesen que estos nombres representan existencias reales, y que una Figura humana es realmente capaz de elegir entre ellas.

Constantemente llevando a cabo su política de hacer de la Configuración la idea principal en todas las mentes, los Círculos invierten la naturaleza de aquel Mandamiento que en el Espaciolandia regula las relaciones entre padres e hijos. Entre vosotros, a los hijos se les enseña a honrar a sus padres; entre nosotros —después de los Círculos, que son el objeto principal de homenaje universal—, a un hombre se le enseña a honrar a su nieto, si lo tiene; o, si no, a su hijo. Por «honrar», sin embargo, no se entiende en absoluto «indulgencia», sino una consideración reverente hacia sus intereses más elevados: y los Círculos enseñan que el deber de los padres es subordinar sus propios intereses a los de la posteridad, promoviendo así tanto el bienestar de todo el Estado como el de sus propios descendientes directos.

El punto débil en el sistema de los Círculos —si es que a un humilde Cuadrado se le permite hablar de algo Circular como si contuviera algún elemento de debilidad— me parece que se encuentra en sus relaciones con las mujeres.

Como es de la máxima importancia para la Sociedad que se desalienten los nacimientos Irregulares, se deduce que ninguna mujer que tenga

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