toda presencia de ánimo y clamaron «traición». Esto selló su destino. Cada Isósceles vio y sintió en lo adelante a un enemigo en cualquier otro. En media hora ni uno solo de aquella vasta multitud seguía con vida; y los fragmentos de ciento cuarenta mil miembros de la clase criminal, masacrados por los ángulos de sus propios semejantes, atestiguaron el triunfo del Orden.
Los Círculos no tardaron en llevar su victoria hasta el extremo. A los obreros se les perdonó la vida, pero fueron diezmados. La milicia de los Equiláteros fue convocada de inmediato; y todo Triángulo sospechoso de irregularidad por motivos razonables fue destruido mediante un consejo de guerra, sin la formalidad de una medición exacta por parte de la Junta Social.
Los hogares de las clases militares y artesanas fueron inspeccionados en una serie de visitas que se prolongaron durante más de un año; y durante ese período, cada pueblo, aldea y caserío fue sistemáticamente depurado de ese exceso de clases bajas ocasionado por el descuido en el pago del tributo de criminales a las escuelas y a la Universidad, y por la violación de las demás leyes naturales de la Constitución de Planilandia.
Así se restableció de nuevo el equilibrio de las clases.
No hace falta decir que en adelante el uso del color fue abolido y su posesión prohibida. Incluso la pronunciación de cualquier palabra que denotara un color, excepto por parte de los Círculos o de profesores científicos cualificados, era castigada con una severa pena. Solo en nuestra universidad, en algunas de las clases más elevadas y esotéricas —a las que yo mismo nunca he tenido el privilegio de asistir—, se entiende que todavía se autoriza el uso moderado del color con el propósito de ilustrar algunos de los problemas más profundos de las matemáticas. Pero de esto solo puedo hablar de oídas.
En otra parte de Planilandia, el color ya no existe.