firmemente a estas palabras como la pista que, de sostenerla con firmeza, no dejaría de guiarme hacia la solución. Así pues, repitiendo mecánicamente, a modo de conjuro, las palabras «Hacia arriba, y sin embargo no hacia el norte», caí en un sueño profundo y reparador.
Durante mi sueño tuve un sueño. Creí que me encontraba una vez más al lado de la Esfera, cuyo tinte lustroso denotaba que había cambiado su ira contra mí por una placabilidad perfecta.
Nos movíamos juntos hacia un Punto brillante pero infinitesimalmente pequeño, hacia el cual mi amo dirigía mi atención. A medida que nos acercábamos, me pareció que de él emergía un ligero zumbido como el de uno de los moscardones de su Espaciolandia, solo que mucho menos resonante, tan leve en verdad que incluso en la perfecta quietud del vacío a través del cual surcábamos, el sonido no llegó a nuestros oídos hasta que detuvimos nuestro vuelo a una distancia de algo menos de veinte diagonales humanas.
«Mira hacia allí —dijo mi guía—; en Planilandia has vivido; de Linilandia has recibido una visión; te has elevado conmigo a las alturas de Espaciolandia; ahora, para completar el abanico de tu experiencia, te conduzco hacia abajo, hacia la profundidad más baja de la existencia, al mismo reino de Puntolandia, el abismo de ninguna dimensión».
«Mirad a esa criatura miserable. Ese Punto es un ser como nosotros, pero confinado en el abismo adimensional. Es en sí mismo su propio mundo, su propio universo; de cualquier otra cosa que no sea él mismo no puede formarse ningún concepto; no conoce la longitud, ni la anchura, ni la altura, porque no ha tenido experiencia de ellas; no tiene conciencia siquiera del número Dos; ni abriga un pensamiento de pluralidad; pues él mismo es su Uno y Todo, siendo en realidad Nada. Sin embargo, ved su perfecta autocomplacencia, y aprended de ahí esta lección: que estar autocomplaciente es ser vil e ignorante, y que aspirar es mejor que ser ciega e impotentemente feliz.