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XVIII. Cómo llegué al Espacio y qué vi allí

Cómo llegué al Spaceland, y qué vi allí

Un horror inenarrable se apoderó de mí. Hubo una oscuridad; luego una sensación de visión mareante y nauseabunda que no era como ver; vi una Línea que no era una Línea; un Espacio que no era un Espacio: yo era yo mismo, y no yo mismo. Cuando pude encontrar la voz, grité en alta voz con agonía: «O esto es locura o es el Infierno».

—No es ninguna de las dos cosas —respondió con calma la voz de la Esfera—, es el Conocimiento; son las Tres Dimensiones: abre los ojos una vez más y trata de mirar fijamente.

Miré, y he aquí ¡un mundo nuevo!

Allí se alzaba ante mí, visiblemente incorporado, todo lo que antes había inferido, conjeturado, soñado de perfecta belleza circular. Lo que parecía el centro de la forma del Extranjero quedó abierto a mi vista: mas no pude ver corazón alguno, ni pulmones, ni arterias, sino un hermoso y armónico Algo⁠—para el cual no tenía palabras; pero vosotros, mis lectores en el Espacio, lo llamaríais la superficie de la Esfera.

Postrándome mentalmente ante mi guía, exclamé: «¿Cómo es, ¡oh, divino ideal de consumada hermosura y sabiduría!, que veo tu interior y, sin embargo, no alcanzo a discernir tu corazón, tus pulmones, tus arterias, tu hígado?».

—Lo que crees ver, no lo ves —respondió—; no te es dado a ti, ni a ningún otro ser, contemplar mis partes internas. Soy de un orden de seres

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