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V. De nuestros métodos para reconocernos unos a otros

Llegados a este punto, creo oír que algunos de mis lectores más instruidos exclaman: «¿Cómo podéis en Planilandia saber algo sobre ángulos, grados o minutos? Nosotros podemos ver un ángulo porque nosotros, en la región del Espacio, podemos ver dos líneas rectas inclinadas la una hacia la otra; pero vosotros, que no podéis ver nada más que una línea recta a la vez, o en todo caso solo una serie de trozos de líneas rectas, todos en una sola línea recta, ¿cómo podéis jamás discernir un ángulo, y mucho menos registrar ángulos de diferentes tamaños?».

Respondo que, aunque no podemos ver los ángulos, podemos inferirlos, y ello con gran precisión.

Nuestro sentido del tacto, estimulado por la necesidad y desarrollado por un largo entrenamiento, nos permite distinguir los ángulos con mucha mayor precisión que vuestro sentido de la vista, cuando no cuenta con la ayuda de una regla o medidor de ángulos.

Tampoco debo omitir explicar que contamos con grandes ayudas naturales. Constituye para nosotros una ley de la naturaleza que el cerebro de la clase de los Isósceles comience en medio grado, o treinta minutos, y aumente (si es que aumenta) medio grado en cada generación; hasta que se alcanza la meta de los 60°, momento en el cual se abandona la condición de servidumbre y el hombre libre ingresa en la clase de los Regulares.

Por consiguiente, la propia Naturaleza nos provee de una escala ascendente o alfabeto de ángulos desde medio grado hasta los 60°, cuyos especímenes se exhiben en todas las escuelas elementales del país. Debido a ocasionales regresiones, a una moral e intelectualidad aún más frecuentemente estancada, y a la extraordinaria fecundidad de las clases

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