los colores de algún comerciante cuya tienda había saqueado— se pintó a sí mismo, o hizo que lo pintaran (pues la historia varía), con los doce colores de un Dodecágono. Al ir al Mercado, abordó con voz fingida a una doncella, la hija huérfana de un noble Polígono, cuyo afecto había buscado en vano en días anteriores; y mediante una serie de engaños —ayudado, por un lado, por una cadena de felices coincidencias demasiado larga para relatar, y por el otro, por una fatuidad casi inconcebible y la negligencia de las precauciones ordinarias por parte de los parientes de la novia— logró consumar el matrimonio. La infeliz muchacha se suicidó al descubrir el fraude del que había sido víctima.
Cuando la noticia de esta catástrofe se extendió de Estado en Estado, los ánimos de las mujeres se agitaron violentamente.
La simpatía hacia la miserable víctima y la previsión de engaños similares para ellas mismas, sus hermanas y sus hijas, les hicieron ver ahora la Ley del Color bajo una luz completamente nueva.
No pocas se declararon abiertamente convertidas al antagonismo; al resto solo le hizo falta un leve estímulo para hacer una declaración similar.
Aprovechando esta oportunidad favorable, los Círculos convocaron apresuradamente una Asamblea extraordinaria de los Estados; y además de la guardia habitual de convictos, aseguraron la asistencia de un gran número de mujeres reaccionarias.
En medio de una concurrencia sin precedentes, el Círculo Mayor de aquellos días —llamado Pantocyclus— se levantó para verse silbado y abucheado por ciento veinte mil Isósceles. Pero logró el silencio al declarar que en adelante los Círculos iniciarían una política de