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X. De la supresión de la sedición cromática

clase militar, o incluso de la de los convictos; el poder político estaría en manos de los más numerosos, es decir, de las clases criminales, que ya eran más numerosas que los obreros y pronto superarían en número a todas las demás clases juntas cuando se violaran las habituales Leyes Compensatorias de la Naturaleza.

Un apagado murmullo de asentimiento recorrió las filas de los artesanos, y Chromatistes, alarmado, intentó dar un paso al frente y dirigiectorse a ellos. Pero se vio rodeado de guardias y obligado a guardar silencio mientras el Círculo Principal, en pocas y apasionadas palabras, hacía un último llamamiento a las mujeres, exclamando que, si se aprobaba el Proyecto de Ley del Color, a partir de entonces ningún matrimonio estaría seguro, ni el honor de ninguna mujer a salvo; el fraude, el engaño y la hipocresía invadirían todos los hogares; la dicha doméstica correría la misma suerte que la Constitución y se precipitaría hacia una pronta perdición. «Antes que esto —exclamó—, que venga la muerte».

A estas palabras, que eran la señal concertada para la acción, los Convictos Isósceles se abalanzaron sobre el infeliz Chromatistes y lo traspasaron; las clases regulares, abriendo sus filas, cedieron el paso a una banda de mujeres que, bajo la dirección de los Círculos, avanzaron de espaldas, invisible e infaliblemente, sobre los incautos soldados; los artesanos, imitando el ejemplo de sus superiores, abrieron también sus filas. Mientras tanto, bandas de convictos ocupaban todas las entradas con una falange impenetrable.

La batalla, o más bien carnicería, duró poco. Bajo la hábil dirección general de los Círculos, la embestida de casi todas las mujeres fue mortal y un gran número de ellas retiraron su aguijón intacto, listas para una segunda matanza. Pero no hizo falta un segundo golpe; la chusma de los Isósceles hizo el resto del trabajo por sí misma. Sorprendidos, sin líderes, atacados de frente por enemigos invisibles y viendo la salida cortada por los presidiarios a sus espaldas, perdieron de inmediato —a su manera—

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